“De los catorce años que tuve como profesional, siete los pasé arriba de una camilla”

Mariano Donda es un ex jugador de fútbol que se destacó en Chicago, que jugó en Italia, que regresó a Argentina para ponerse la camiseta de Godoy Cruz y que por sus buenas actuaciones un día lo llamó Diego Maradona para que se sumara al Al Wasl, de Emiratos Árabes. Pero su historia es mucho más sacrificada y dura de lo que se conoce. Mariano convivió y luchó con el dolor de sus rodillas durante una gran parte de su carrera, privilegiando su proceso como futbolista. Después del retiro empezó a estudiar, se recibió de Coach Ontológico y lo cuenta en esta nota con Revista Golero.

La entrevista con Mariano, que a los pocos minutos se transformó en una charla, comenzó con la crisis que tienen muchos futbolistas jóvenes por no llegar a jugar en Primera. Por no lograr ese objetivo por el cual pelean desde la edad de un chico de primaria cuando empiezan a jugar en las infantiles.

“¿Sabés lo que pasa? Vos te peleaste con tu jefe un día que fuiste cruzado porque no te pagó y te pone en un freezer. Te peleaste con tu mujer porque te rompe las pelotas. Te separaste. En tres meses te quedaste sin trabajo y sin mujer. No tenés club porque tu representante te dice que vas a comer oro cuando tenés que comer bronce, pero vos creés que tener que comer oro. Entonces el pibe se va más abajo y entra en una depresión que es jodida, porque una cosa es sentirte frustrado y otra cosa es hacer algo para sentirte frustrado. Y si el pibe se siente frustrado cuando siente la posibilidad de otra cosa es no ver la realidad. Si a mí no me da para correr una maratón no lo hago. El límite lo pone uno. Yo creo que el cansancio se entrena y como se entrena el cansancio, el límite se enfrenta. Y se sobrepasa”.

-¿Cómo fue tu llegada a Chicago y cómo definís tu paso por el club?

-Yo llegué en el 2000 a Chicago. Era muy difícil para los juveniles jugar en Primera porque había muchos grandes y al ser un club chico que se tenía que salvar del descenso, traía jugadores de experiencia. Y eso le quitaba chances a los más chicos de proyectarse. Una vez que descendieron se abrió mucho más la posibilidad para nosotros y ahí empecé a tener mayor continuidad con Pipo Gorosito, pero debuté con el Checho Batista en el 2002. Yo digo que Chicago es un gran club de barrio dirigido por hinchas. Cuando Chicago tenga la posibilidad de dejar la pasión para realmente crecer, el club va a crecer. Pero todavía piensan como barrio y si en el fútbol moderno pensás como barrio te quedas en la esquina. Que hoy esté en esa situación a mí me duele, pero bueno no soy yo quien tiene que cambiar. Chicago me dio mucho en un momento de mi vida y en el que teníamos muy buenos jugadores que se vendieron y el club fue más abajo. Filomeno-Antonio, ex presidente de Chicago- tuvo una causa, porque a nivel administrativo fue un desastre. No era un manejo ni de un club de barrio.

El último partido de Mariano Donda en Chicago fue en la definición con Tigre por la Promoción del año 2007. El equipo dirigido, en ese entonces, por Diego Cagna había ganado 1 a 0 el partido de ida en Victoria y finalmente en Mataderos consiguió el 2 a 1 que le dio el ascenso a Primera. Pero el encuentro se suspendió minutos antes del final por incidentes y todo terminó en tragedia. Ya que falleció un hincha de Tigre, Marcelo Cejas, de 41 años.

-¿Cómo te pegó a vos lo que pasó en ese partido?

-El partido anterior lo habíamos jugado en Rosario con Newell´s y decían que las hinchadas eran amigas. Fue particular porque los de Newell´s cantaban “Chicago es de Primera y se tiene que quedar”. Nosotros ganamos bien y Tigre venía con Diego Cagna haciendo bien las cosas en el Nacional B. Además, era especial por ser un clásico. Jugamos primero de visitante, perdemos 1 a 0 con gol de Lázzaro de chilena y ya el ambiente era raro. Chicago era pesado. Era un invierno feo, viste, de esos días grises. Llegamos a jugar y al toque nos meten un gol. Entonces teníamos que hacer tres. El ambiente era difícil, estaban los visitantes y nos meten el segundo. Descontamos y terminamos perdiendo 2 a 1. Pero ya los últimos 20 minutos era una angustia, porque yo miraba para donde estaba mi familia y se agarraban a piñas, había incidentes en la popular. Fue una masacre. Estuvimos cuatro horas en el vestuario, nos dieron vuelta los autos, nos íbamos al hotel y nos seguían para putearnos. Dejaron un club vacío porque más allá de todo eso murió una persona. El saldo negativo y drástico es la muerte. Fue atroz, después de ese día entramos a un club devastado. No había ni medias para entrenar, nos poníamos una de cada color. No teníamos ropa. Y fue difícil porque les descontaron muchísimos puntos, no jugó por mucho tiempo de local en su cancha y no cambió nada. Jugaron un año en Primera porque al fútbol argentino se le ocurrió meter diez ascensos y el club está igual. Los jugadores hace seis meses que no cobran.

“Haber descendido hoy lo tomo como un crecimiento. Me acuerdo que de pibe me tocó el orgullo. Estuve una semana sin salir de mi departamento y cuando salí lo primero que me gritaron es “amargo te fuiste a la B”. Me acuerdo como si me lo hubieran gritado ahora. Era chico, sentía vergüenza. Pero me pagaban dos pesos. Y los pibes jugábamos gratis. La verdad que no teníamos nada”.

Mariano Donda hace su análisis sobre el exitismo reinante en el fútbol y todo lo que rodea al mundo de la pelota:

“En el fútbol lo que llama la atención es el exitismo. Entonces al haber un alto grado de exitismo y de libertad de la gente para criticar, en buen sentido o en malo, hace que en el fútbol se haga moneda corriente eso. El deseo de ver algo por televisión, que quizás no es lo que en el día a día vive, hace que los comentarios sean desencontrados. Entonces uno como deportista tiene que estar lo más lejos posible de eso. Después te come porque lees los diarios, pero si te alejas haces una mejor carrera. Porque eso te va llevando a que pases por la calle y el fanatismo haga que no te puedas sentar a comer, que no respeten tu intimidad, pero también es parte del juego y si lo sabés jugar va un poco por la elección de cada uno”.

-Te recibiste hace muy poco de Coach Ontológico, ¿de qué se trata? ¿puede aplicarse al deporte?

-Lo hice primero pensando en mí. Cuando dejé de jugar al fútbol me quedé seis meses más cerrando un ciclo de cuatro años en Dubai y cuando volví tenía que hacer algo. Realmente se te acaba el fútbol y es difícil porque lo hiciste toda tu vida. Entonces yo por un tema de lesión tuve que dejar y sabía que iba a dejar, pero de saberlo a vivirlo es otra cosa. Y cuando pasa el tiempo mucho más. Sabés que hay cosas que no vas a hacer más, pagas un impuesto que es el físico, que en mi caso son las rodillas y busqué hacer coach porque mi terapeuta me dijo que lo intente. Lo ontológico se refiere a que cambias de observador. Es decir, hay un cliente que es un deportista y viene porque tiene un problema con el entrenador o de lesión porque se desgarra diez veces y no lo puede solucionar. Entonces yo como coach trabajo con él, lo acompaño en ese proceso de saber que le pasa, dónde está el foco de porqué se lesiona y se da cuenta de algo. En ese momento ahí cambia de observador y genera acciones. Y eso es la ontología. Si yo lo aplico al deporte, en este caso, le puedo dar una mano un pibe de 15 años que está angustiado porque no juega o con miedo porque no va a llegar o le tiene bronca al técnico. Y eso le provoca no rendir y quizás el pibe tiene potencial. Entonces como para mí es el 80% mental, lo que uno tiene que hacer como ex profesional si se prepara es estudiar la mente de la persona.

-Y siendo coach, también te cargas del problema del otro. Hasta que esa persona lo libera y ves el progreso.

-Sí, uno tiene la responsabilidad. Es un compromiso. El tema es intentar comprender hasta donde llegar. Y que te deje comer, dormir y vivir. Uno va creciendo con la experiencia. Por ahí si tenía a los 24 años la experiencia de los 32 cuando dejé de jugar, quizás me hubiera tomado las cosas de otro modo. Al principio he hecho charlas con chicos de juveniles y a ellos les ha servido de mucho. Los pibes lloraban, pero porque tienen la angustia de la que yo pasé por no llegar. Les decía que para mí no era angustia. Era el miedo a no lograr un objetivo. Yo lo que puedo hacer es que se dé cuenta, después si el otro no quiere es difícil, pero si quiere yo lo puedo acompañar. Lo hago más que nada porque es una herramienta más a la hora de hablar con un ex deportista.

-¿Cómo fue que llegaste a jugar en el Al Wasl?

-Con Godoy Cruz jugamos contra Racing. Esto fue a mitad 2011, el último partido del torneo. Hice dos goles y clasificamos a la Sudamericana. Y Diego estaba mirando con los dirigentes por internet, porque él ya estaba allá en Dubai, esto me lo cuenta después cuando llego. Ellos estaban buscando un volante ofensivo que se adapte a ciertas maneras tácticas. Cuando terminé de jugar me llamó el representante de Diego y me comentó que me iba a llamar al otro día. Estaba en Mendoza y teníamos el problema del volcán (Puyehue), por lo que no podíamos viajar en avión. Estábamos en el micro y cuando estaba llegando me sonó el teléfono, era él y le corté porque pensé que me estaban jodiendo mis compañeros. A la segunda vez me llamó su abogada para avisarme que Diego me iba a llamar y cuando pude hablar con él automáticamente mi cabeza se fue y ya me quería ir para allá. Tenía para irme a River, que después fueron Carlos Sánchez y Martín Aguirre, pero como mis rodillas eran frágiles yo no estaba para la exigencia de River en el Nacional B. Necesitaba irme a un fútbol diferente. Yo tenía que hablar en la cancha y el murmullo de acá me cansaba mucho. Evalué todo eso, agarré el auto una noche y me fui. En Godoy Cruz entendieron desde la parte económica y la personal que era eso o no jugaba más. Mi cerebro y mi cabeza ya no daban más. No quería jugar más en Argentina. Yo me había ido al descenso, no había jugado, me colgaron, no me colgaron, jugué por partidos porque la rodilla no había pasado la revisación, es decir, mi proceso en el fútbol era irme hacia esa posibilidad.

“Era un reconocimiento a un entrenamiento en silencio. Yo tengo cinco operaciones de rodilla. Siempre fui muy cerrado, al decir que estaba bien cuando no lo estaba, le busqué una solución cuando económicamente no la tenía. Siempre demostré algo fuera de la cámara que no lo era adentro. Entonces sentía que era el momento, no había otra cosa que no sea eso. Me fui a mitad de junio de 2011 y me quedé hasta diciembre de 2014”.

-¿Y qué significó para vos ser dirigido por Maradona?

-Cuando lo vi a Diego por primera vez sentí que ya había pagado todo ese sacrificio. No lo conocía, había ido sin firmar el contrato y sin pasar la revisación médica. Antes de viajar yo le dije a Diego que tenía un tema en la rodilla, que no iba a jugar siempre, pero que iba a entrenar todos los días. Pero había ciertas cosas en el gimnasio que no las hacía y que las complementaba con otras. Él me dijo: “yo jugué con artrosis en los tobillos diez años, así que vení que no pasa nada”.

-¿Cómo fue tu relación con Diego? Porque él fue el que te llamó para ir.

-Bien, excelente. El primer semestre era uno más, pero después se fue cansando de la irregularidad del equipo y de lo elástica que era la relación con los dirigentes. A los árabes les gusta mucho decidir, sentirse importantes. Entonces a lo último él se fue desgastando y a medida que eso pasaba también se desgastó en lo interno del vestuario. A mí me queda lo mejor. Yo no lo vi nunca más, pero por el hecho de que mi personalidad es así. Soy introspectivo. No necesito hacerme el tatuaje en la pierna para sentir que estoy en la moda o comprarme un auto para sentirme más importante. No me faltó eso de chico. El día que lo vea a Maradona le voy a dar un abrazo, le agradeceré y él lo hará con sus ganas de ese momento. Viste como es. Un día le dije: “loco, sos como el tiempo. Un día está nublado, otro día con Sol, otro día con lluvia”. Y él se reía, porque se había enojado con un periodista no me acuerdo porqué. Tomábamos mate en el vestuario y era Maradona. Me queda la experiencia vivida. No tengo una foto, nunca me saqué. Yo fui a la guerra, yo la viví. Como jugador pasa el tiempo y me doy cuenta que Maradona me dirigió un año.

-¿Cómo es el fútbol allá para el que no lo puede ver? ¿Es competitivo?

-Sí, porque al extranjero se lo exige muchísimo. Hay sólo tres por equipo, entonces tenés que jugar siempre y demostrar tres veces más que el jugador local. Porque si no te echaban. Había tanta o más presión que en Argentina. La rodilla no me aguantaba más, pero la exigencia era muy fuerte. A los 18 años empecé con los problemas en la rodilla y de los catorce años que tuve como profesional, siete los pasé arriba de una camilla. Entonces aproveché mis momentos, pero fueron duros. De los 20 a los 30 años tuve cuatro operaciones. Y cuando llegó la posibilidad de irme a Dubai cómo no me iba a ir. La gente me quiso, Maradona se fue y los dirigentes del Al Wasl apostaron por mí. Me hacían contratos anuales, pasaron ocho técnicos en los casi cuatros años que estuve y no sé cuántos extranjeros. Pero yo seguí.

-En tu primer partido debutaste e hiciste tres goles.

-Sí, me acuerdo que cuando llegué a la cancha se me trabó la lengua. No lo podía creer. El césped tenía aire acondicionado porque hacía mucho calor en el estadio de All Jazeera. Los vestuarios, los asientos. Yo venía de Godoy Cruz que es una linda ciudad, un lindo club, pero tenía los canastos de plástico y tres duchas. En Dubai tenía hidromasaje, sala de terapia, piscina de agua fría y caliente, tres mudas de ropa. Es decir, estaba en Disney. En mi debut había 400 personas, ponele que eran 2000 pero porque estaba Maradona. Era la atracción. Fue increíble. No conseguí departamento hasta ese día. El club no me lo quería dar, hice los tres goles y automáticamente me llamaron y me dijeron: “que querés”. Y yo quería un departamento con tres habitaciones para mí familia, nada más. Era como un departamento en Caballito. Yo capaz podía ir más arriba, pero “mucho dulce pica caries”, eso me le dijo un técnico. Si yo me llenaba la panza no iba a ver mi objetivo, que era jugar. Porque la arena, la playa, el Sol, la buena vida, los shoppings, te sacan del foco. Y mi foco era jugar, quedarme, renovar, rehabilitarme de la rodilla, otra vez jugar, renovar y así. Era una máquina. No sé si es vida, pero Vilas no conocía la Torre Eiffel. Yo realmente fui poco a la playa. Jugué cuatro años en Italia y no fui a Roma. Hoy digo: “la puta madre, no fui a Roma”. Pero estuve cuatro años y me dirigió Antonio Conte, Giampiero Ventura, que hoy dirige la Selección de Italia. El primer año en Dubai hice 20 goles y de 47 partidos en el año jugué 46.

Me acuerdo que estaba en Once caminando con mi vieja yendo a lo de mi contador y si el club no te mandaba los pasajes quería decir que no te iban a renovar. En ese momento me llaman y me avisan que me renovaban. Que Maradona no se iba a quedar, pero que ellos me querían. Seguí y a los dos meses me fracturé la rodilla en la que ya venía lesionado. Se me cayó un pibe en un entrenamiento. Y era en un hueso que va a adentro del tendón rotuliano y como yo tenía la lesión en el tendón me lesionó la parte de adentro de la lesión. Es como si a un Dodge lo agarre una camioneta y después una Scania. Yo me senté, sentí un fuego en la rodilla y pensé: “no juego nunca más”. Sentí que era algo raro, conozco mi rodilla como mi mamá me conoce a mí.

Pero conocí a un osteópata argentino que estaba trabajando con Matías Delgado en el Al Jazeera y me hacía 300 km todas las mañanas para que me sacara líquido de la rodilla. Mientras yo seguía jugando, pero me hacían un vendaje especial desde el dedo gordo para correrme el apoyo de la fractura. Y en el club no dije nada. Jugaba con una inyección intramuscular, con un antidolorífico como el que te dan en las operaciones y yo me sacaba líquido en el baño. Un enfermo mental. Eso lo hice dos meses hasta que no aguanté más. Entonces el club al ver que yo tenía compromiso deciden continuar con mi contrato y me mandaron a operar y rehabilitar a Qatar a un centro de FIFA. Ahí me quedé seis meses y ellos me dijeron: “te operas el 20 de enero y el 20 de junio tenés que estar con el equipo”. Así que me llevé a mi kinesiólogo e invertí seis meses en recuperarme. Pero llegué en un 40 %. Empecé a caminar de nuevo, porque había perdido la sensibilidad en el tendón de las operaciones que tenía y la rótula había perdido fuerza. Empecé de vuelta a apoyar, caminaba media hora, y llegué a caminar tres horas por día. Pero no quedé bien. Pero así jugué un año más todos los partidos. Llegué a no subir las escaleras. A lo último dormía en la habitación de la señora que me daba una mano y ella dormía en mi habitación, porque no podía subir más la escalera. No podía más. Baje diez kilos más de como estoy ahora y el stress era tanto que sentí que iba a morir. Pero quería terminar y terminé. Y el 10 de noviembre de 2014 cerré esa etapa como jugador.

La artrosis es un día a día. Tengo una enfermedad y es la única célula que no se regenera. Agradezco lo que tengo. Porque es difícil sentirte con un impedimento cuando vos jugaste y fuiste libre, pero cuando te das cuenta que nunca fuiste libre ahí bajas. Yo me he llegado a cambiar tres pares de botines en un partido porque no podía aguantar el apoyo de la rodilla. Jugué con un par de botines todo el año porque esos me iban bien y lo llevaba al costurero para que me dure más. De todo hice. Cuando pienso todo eso digo: “eso no lo extraño”, pero lo que si extraño es la libertad. Irme de vacaciones y tener que sentarme. O ir a bailar con amigos y tener que pedir una silla porque la paso mal. Hago bici cuando puedo, voy a nadar. Tengo máquinas en mi casa que me estimulan el músculo. Yo porque puedo. Hay muchos chicos que terminan como yo, tienen otra situación y es bravo terminar de jugar y sentir que sos una máquina, pero después esa máquina no está más. Lamentablemente hoy no tenemos un fútbol que defienda al jugador.

-¿En algún momento sentiste o te dijiste a vos mismo “no sirvo más”?

-Matías Almeyda dijo que una de las hijas lo dibujó como un león triste porque estaba todo el día en la cama. Y era Almeyda. Jugador de Selección, Mundial, Europa. Pero pasa por tener una estabilidad. Sebastián Méndez se fue de Godoy Cruz porque quería estar con la familia y le recomendó a los jugadores que vayan a terapia. Porque el ambiente del fútbol es una mierda. El proceso fue aceptar que tenía que luchar por otro objetivo y que si estaba cansado no podía ir a correr. Eso fue lo más difícil. A los siete años estaba pateando una pelota jugando en la calle, un tipo me vio y me preguntó si quería ir a Vélez. Hice no sé cuántos goles y a los dos días estaba en las infantiles de Vélez. Pasaron 25 años. Tenés un momento de decir: “¿y ahora? ¿cómo te motivas de lunes a viernes? Porque tu motivación era que te digan: “el viernes jugas con Boca o el jueves viajas y jugas Copa o quizás te vas a tal club”. Cada día tenía un estímulo, pero la vida real es esta.

Fotos y edición de video: Gerónimo Galeano

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Yamil D'Addato

Periodista. Productor de radio y TV. Buscador de historias, a veces las encuentro. 1/3 de Golero. ydaddato@golero.com.ar

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