“El fútbol le dio una ilusión a los secuestrados de las FARC”

Jueves 1° de julio de 2004. El viaje desde la mitad de la cancha llega a su último destino. Franco Cángele toma la pelota y se hace cargo del octavo penal de la serie. Puede darle vida a Boca en su misión por ganar la sexta Copa Libertadores de la historia. O que Once Caldas descorche el champagne de la gloria. En el arco, Juan Carlos Henao espera el tiro y la escena soñada para ser el héroe del film. Al cabo, remate va a la izquierda, lento, y sus manos le ponen freno. El grito de campeón resuena en el estadio de Palo Grande. Hay lágrimas, gritos, abrazos. Los fuegos artificiales colorean la noche. Por primera vez, Once Caldas obtiene la Copa.

A cientos de kilómetros de Manizales, un hombre también celebra el título de su equipo del alma. Lo hace en el silencio y la oscuridad de la selva. Oscar Tulio Lizcano lleva cuatro años en poder de las FARC y aún le quedan otros cuatro para que recupere la libertad con la ayuda de un guerrillero. Por los parlantes de la radio, el ex congresista escucha los festejos y se abraza a los árboles. Les habla de la consagración y los llama con los nombres de sus estudiantes para mantener un ejercicio mental. Son su única compañía en el cautiverio y en esta noche legendaria para Once Caldas.

La historia aparece en 90 Minutos de libertad, el libro escrito por Ricardo Henao Calderón. En sus páginas, describe cómo los secuestrados por las FARC vivieron el mundo de la pelota en la selva. “Después de los mensajes que les enviaban a los familiares a través de la radio, el fútbol fue lo más importante para muchos de ellos”.

¿Cuándo surgió la idea de escribir este libro y qué repercusión tuvo en estos días históricos para los colombianos?
-La idea surgió luego de haber empezado a escuchar los testimonios de ex secuestrados. Ellos, simplemente, ratificaron algo que percibíamos cuando enviaban mensajes de supervivencia desde la selva. A través de esos mensajes, se notaba cómo el fútbol era muy importante en su cautiverio. Un secuestrado en especial, Luis Arturo Arcia, mandaba mensajes desde la selva saludando a los hinchas de Independiente Santa Fe, de Bogotá. Salía con una remera con un escudo bordado del club, y eso me motivó a buscarlo después del cautiverio. Las charlas que mantuvimos me ayudaron a descubrir que casi todos los secuestrados por las FARC vivieron ese amor y fervor por el fútbol en la selva. Y al final, pudimos completar varios relatos que forman parte del libro.

¿Qué lugar ocupó el fútbol para los secuestrados por las FARC? ¿Los ayudó a sobrevivir en el cautiverio?
-Sin dudas, fue muy importante y se convirtió en un tema obligado. Los partidos eran seguidos de manera permanente y generaban una charla continua entre ellos. Los partidos de los miércoles y los domingos sirvieron de punto de encuentro.

-Además de escuchar los partidos por la radio en la radio, ¿de qué otra manera vivían el fútbol en la selva? ¿Podían jugar al fútbol?
-Hubo épocas en las que los secuestrados pudieron jugar al fútbol y hasta organizaron campeonatos. Los guerrilleros de las FARC se lo permitían, algo que cuento y describo en el libro. Simplemente, los dejaban por el hecho de que tuvieran la mente ocupada en otra cosa y no pensaran sólo en los problemas que surgían entre los mismos secuestrados. Llegaron a jugar al fútbol en las jaulas donde los mantenían en cautiverio y que alguna vez pudimos ver en imágenes. En el libro, hay detalles acerca de cómo demarcaban las canchas y hacían las pelotas con el pelo que les cortaban. Eran unas pelotas de trapo que las armaban con bolsas y el pelo les servía para hacer el relleno.

-¿Qué sensaciones generaban los partidos de la selección colombiana?
-Muchísimas, porque era el momento en el que estaban más unidos. El fútbol, como dije, les servía para estar juntos, pero el seleccionado les permitía estar mucho más unidos y debatir sus temas por largos ratos. Incluso, hay episodios donde se cuenta cómo los secuestrados convencieron a un comandante guerrillero para que los ayudar a ver un partido de Colombia por televisión. En ese escenario, se juntaron los guerrilleros por un lado y sus víctimas, por el otro. Fue el partido que la selección perdió contra Brasil 9 a 0 en el Preolímpico de 2000. Cuando el encuentro iba 3 a 0, un comandante de las FARC cortó la señal con un machete, lo que llenó de pena a los secuestrados. Al final, pudieron recuperarla, pero el partido estaba 6 a 0. Ese fue uno de los momentos más tristes para los secuestrados, siguiendo a la Selección desde la selva.

Así como el fútbol fue un punto de unión entre quienes estaban raptados, ¿también sirvió para generar un acercamiento con los guerrilleros de las FARC? 
-La guerrilla siempre quiso mantenerse apartada de los secuestrados. No existieron grandes relaciones entre unos y otros. Pero sí hubo casos específicos. Cuando los secuestrados no tenían radio, los soldados de las FARC les vendían la información de los partidos. Se las intercambiaba por cigarrillos, que eran la moneda de los cautivos en la selva. Así se mantenían actualizados con lo que ocurría en el campeonato y con sus equipos.

-De los cinco relatos de secuestrados que publica en el libro, ¿hubo alguno que logró conmoverlo más que otros?
-Todos los relatos son distintos, y todos tienen episodios diferentes en torno a lo que fue su vivencia con el fútbol dentro del secuestro. En algunos, hacemos más énfasis en el cautiverio y en otros, en el fútbol. Por ejemplo, me conmovió mucho la historia de Luis Arturo Arcia, a quien ya mencioné, porque era un secuestrado que vivía el fútbol con demasiada intensidad. Convirtió a su Independiente Santa Fe, prácticamente, en su primer amor en el secuestro. Marcaba su ropa con el escudo del club, apostaba con los demás secuestrados, y más de una vez se hizo pegar por culpa de los secuestrados. Desde la selva, hizo una conexión con los hinchas de Independiente Santa Fe, que le mandaban saludos a través de la radio. Una vez, los jugadores del club se vistieron con camisetas blancas, pidiendo la libertad de Arcia.

-¿Y qué otro caso más lo sorprendió?
-El de Oscar Tulio Lizcano, que estuvo secuestrado más de ocho años en la selva, absolutamente solo. Nadie compartió el dolor del cautiverio con él. Y Oscar decía que la indiferencia fue uno de los grandes dolores que sufrió mientras estuvo en la selva, donde nunca pudo ver la luz del sol. Él tuvo que compartir su mayor emoción del fútbol abrazando a los árboles. Ocurrió cuando Once Caldas ganó la Copa Libertadores de 2004 contra Boca. Abrazó a los árboles que había convertido en sus alumnos, simplemente para mantener un ejercicio mental y hablar con alguien. A los árboles les había puesto nombres y a ellos les contó esa emoción tan grande que vivió en la selva. Realmente, fueron momentos muy dolorosos, de mucha angustia, pero muy reales.

-¿La gente imagina lo que significó el fútbol para aquellas personas que estuvieron en poder de las FARC hasta más de diez años?
-Pienso que no. La gente sí habla del dolor del secuestro, pero hay muchos detalles del cautiverio que quedaron allí como para poderse contar. Este es un ejercicio que nos permite contar y hacer ver sobre el fútbol. Algo que la gente no sabía, ni se había imaginado. El fútbol fue muy importante y, a través de este libro, le podemos contar a la gente qué tan determinante fue este deporte para quienes estuvieron tanto tiempo secuestrados en la selva.

-Después de haberse firmado dos acuerdos de paz y el fin de 52 años de guerra, ¿qué mensaje cree que puede aportar el fútbol colombiano para el futuro del país?
-El fútbol es una fuerza social muy grande y nos deja ver que hay unión. En el caso de los secuestrados, fue una ilusión para que pudieran vivir. Una ilusión para poder soñar.

Por Santiago Tuñez

Periodista.

En Twitter: @defutbolsomos

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