El goleador con los ojos de vidrio

Si uno busca la definición de la miopía en el infinito mundo de Internet se encuentra con esto: un defecto de la vista en el que el punto focal de la luz que llega al ojo se forma delante de la retina, de manera que la imagen se percibe borrosa. El talento de un deportista poco tiene que ver con su aspecto y, en este caso, queda completamente en evidencia. ¿Cómo conseguir el éxito en lo que te apasiona, sin tener las condiciones necesarias para hacerlo? No sé si en esta historia se encontrará la respuesta, pero se habla de eso y algo más. 

En el fútbol actual resulta casi imposible encontrar algún jugador como Leopold Kielholz. Su fachada no se asemejaba a la de un delantero con olfato goleador, sin embargo, esta crónica se acerca a la más pura realidad. Debido a su dificultad en la vista, Leopold necesitaba usar anteojos para ejercer su profesión. En esa época, me refiero a la década de 1930, donde no había tanta variedad de marcas y de estilos de lentes como los hay ahora. Y si además a eso le sumamos su particular peinado a la gomina, puedo afirmar que Kielholz no sentía vergüenza de entrar a una cancha. Su confianza se elevaba y llegaba hasta las nubes. Tenía la capacidad de estar en el lugar preciso y en el instante adecuado para poder marcar el gol. La miopía no era un problema para él.

Si cualquier persona veía caminar por las calles de la ciudad de Basilea a Kielholz, muy pocos hubieran pensado o imaginado que ese hombre formaría parte de la historia de los mundiales. De un momento a otro logró algo impensado. Todo ser humano quiere tocar el cielo con las manos, y en el mundo de la pelota, meter un gol en un Campeonato del Mundo es llegar a lo más alto. A lo inalcanzable. Ese instante de satisfacción cuando la bocha se hace amiga de la red. Pero toda historia tiene un comienzo.

La carrera de Leopold comienza en el año 1927 cuando debuta - con tan solo 16 años- en el humilde Basler SC Old Boys. Luego continuaría en el Black Stars Basel, hasta que en 1930 daría el salto de calidad tras llegar al FC Basilea, uno de los clubes más grandes de Suiza. Sin ningún temor a que sus lentes se rompan en algún choque con un rival, Leopold y ese par de ojos llenos de vidrio se ganaron el respeto a base de goles. Su perspectiva del área era inferior a la de los demás, pero su hambre de gloria era único. Ya empezaba a ser conocido por el gran público, a tal punto que se ganaría el cariñoso apodo de Poldi.

Luego de dos años en Basilea, Kielholz pasó al Servette. Allí marcaría la diferencia con un gran nivel individual. Tan destacado fue su paso por el equipo, que dejó una marca grabada en el club y en su país que nadie aún pudo igualar o superar. Durante la temporada 1932/33, Leopold convirtió 40 goles. Incluso, ganaría dos ligas consecutivas, en ese año y en 1934. Todo era alegría para el goleador de los ojos de vidrio. Aunque todavía no había llegado el momento de la consagración con los colores de su país. Y no sería en su tierra prometida, sino en Italia.

El Mundial de 1934 se disputó entre el 27 de mayo y el 10 de junio, siendo el más breve de la historia. Esto se debió a que el sistema tuvo un cambio de formato con respeto al campeonato jugado en Uruguay cuatro años antes. Hubo 16 países que participaron y que definían su clasificación mediante la eliminación directa. No había fase de grupos. Era a todo o nada. El que perdía se volvía y no había segundas oportunidades.

El Mundial que se disputó en Italia fue la cita perfecta para Leopold Kielholz. Aunque fue un certamen que tuvo su parte oscura. El fútbol ya era una pasión de multitudes y por ese entonces, el Primer Ministro italiano, Benito Mussollini, utilizó el torneo como propaganda de su régimen fascista. Era la manera de llegar a las grandes masas y en un espectáculo deportivo que se hacía cada vez más popular. Además de conseguir con su poder que el equipo local llegara a la final, cueste lo que cueste. Los testimonios de la época aseguran haber escuchado esta conversación de Mussollini con el presidente de la Federación Italiana de Fútbol, Giorgio Vaccaro:

-BM: "No sé cómo hará, pero Italia debe ganar este campeonato".

-GV: "Haremos todo lo posible".

-BM: "No me ha comprendido bien, General. Italia debe ganar este Mundial. Es una orden".

Las amenazas para que esto ocurra estuvieron a la orden del día. Quedan en la memoria del público algunos fallos arbitrales dudosos en el partido de cuartos de final frente a España. Faltas no cobradas, goles mal anulados, etc. Todo estaba dado para que Mussollini logre su cometido. Finalmente, el conjunto Azzurro se coronaría campeón del mundo al derrotar a Checoslovaquia por 2 a 1. En ese clima espeso se encontraba la selección de Suiza en su primera participación en una Copa del Mundo y con el entrenador Heinrich Mueller como la cabeza principal del grupo.

El destino y el sorteo quisieron que el rival de Suiza en la primera ronda fuese Holanda. El partido se jugó en el estadio San Siro, de la ciudad de Milán. Ese 27 de mayo es todavía recordado por un solo nombre: Leopold Kielholz. En Holanda faltaba mucho tiempo para que llegara La Naranja Mecánica y el Fútbol Total, pero era un rival de respeto.

El comienzo no podría haber sido mejor. A los siete minutos del primer tiempo, Poldi marcaría su primer gol en una Copa del Mundo para darle la victoria parcial a Suiza. Minutos más tarde el holandés Kick Smit consiguió el empate para dejar todo como al comienzo. El partido era parejo, no había un claro dominador. Hasta que a los 29 minutos el goleador lo haría de nuevo. Con su doblete, el equipo helvético volvía a ponerse en ventaja. Andre Abegglen estiraría la diferencia al final de la primera etapa, mientras que el descuento del holandés Leen Vente sería totalmente anecdótico. Pitazo final del árbitro sueco Ivan Eklind y Suiza ya estaba entre los ocho mejores equipos del Mundial. Y además, tenía en Kielholz a su carta ganadora. “Leopold sabía que no tenía la portería entre ceja y ceja, por eso usaba lentes”, dijo en tono bromista su técnico Mueller luego de terminado el encuentro.

Cuatro días más tarde, el adversario en cuartos de final fue Checoslovaquia. El escenario fue el estadio Benito Mussollini (hoy llamado estadio Olímpico), en Turín. El resultado fue idéntico: 3 a 2. Leopold convirtió otro tanto para darle la ventaja inicial a Suiza, a los doce minutos del primer tiempo. Pero el conjunto helvético caería ante los que serían finalistas del campeonato. Igualmente nadie le sacaba la sonrisa de la cara a Poldi. En su primera Copa del Mundo había hecho tres goles, algo que no hicieron muchos jugadores y mucho menos con los anteojos puestos. Las estadísticas marcan que Suiza terminó en la séptima posición en ese torneo.

La vida continuaba y la carrera futbolística de Leopold también. Los lentes eran tan solo un detalle y ya era uno de los delanteros más temidos por los defensores europeos. Estuvo una temporada en el equipo FC Bern 1894, para después llegar al Stade de Reims, de Francia. Este sería el único paso por un club fuera de su país. Allí vivió una gran etapa. Sin embargo, Kielholz se retiró de la actividad para hacerse cargo del equipo como entrenador. No duraría mucho tiempo, ya que ese mismo año regresó a su tierra natal para jugar en el FC St. Gallen, el club más antiguo del fútbol suizo. Entre todas estas idas y vueltas el Mundial de 1938 estaba cada vez más cerca.

Leopold fue nuevamente convocado para estar presente en el Mundial de 1938 que se jugó en Francia. En este caso, el entrenador era el austríaco Karl Rappan, quien conocía a Kielholz por haberlo dirigido en el Servette. Rappan es mundialmente conocido por algunos como el verdadero creador del Catenaccio. Que consistía en un sistema de juego defensivo en el que los jugadores estaban colocados en la cancha en forma de WM. En esta oportunidad, Leopold fue tan solo un actor de reparto. Estuvo en el banco de suplentes en el partido de octavos de final contra Alemania. Primero, en el empate por 1 a 1. No había definición por penales, ni tampoco el gol de oro. Tenían que jugar otra vez. Por eso cinco días más tarde, se repitió el partido que los helvéticos ganaron claramente por 4 a 2. Ambos encuentros se jugaron en el Parque de los Príncipes, ubicado en la ciudad de París. Finalmente, Suiza quedó eliminada en los cuartos de final al perder con Hungría por 2 a 0. Italia fue el primer bicampeón, en lo que sería la última Copa del Mundo hasta el año 1950, debido a la Segunda Guerra Mundial que dejó a gran parte de los países destruidos y totalmente en las ruinas.

Leopold todavía tenía mucho para dar. Desde 1938 hasta 1943 jugó en el Young Fellows Juventus, el que sería su último club. Luego de 16 años de lidiar contra su miopía dentro de las canchas, decidió que era el momento para dedicarse a su rol como director técnico. Fue entrenador de la selección de Suiza en tres ocasiones.

Algunos momentos exitosos y otros que no lo fueron tanto. Así fue la carrera de Poldi. Jugó tan solo 17 partidos con la camiseta de su país, pero convirtió doce goles. De los cuales, tres de ellos serán recordados para siempre por el pueblo suizo. Leopold falleció el 4 de junio de 1980, en la ciudad de Zurich. Y escribió, quizás sin saberlo, una de las primeras páginas en la historia de los mundiales. Conocido por todos como el goleador con los ojos de vidrio.

Fotos: Archivo

*El texto fue publicado en el libro "Un picado en el Maracaná", editado por AuGol previo al Mundial Brasil 2014.

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Yamil D'Addato

Periodista. Productor de radio y TV. Buscador de historias, a veces las encuentro. 1/3 de Golero. ydaddato@golero.com.ar

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