El hallazgo

Cuando escuché voces y una serie de pasos acercarse por el pasillo, tuve un asalto de realidad y volví en mí. Me sequé rápido los ojos. Me acerqué a la pileta, me froté la cara con fuerza y con los brazos apoyados en la mesada y la cabeza gacha, dejé que las gotas de agua que chorreaban se fundieran con las últimas lágrimas. Entonces intenté reconstruir cómo había llegado a esto. Primero, con un flash de imágenes desordenadas que se sucedían a una velocidad pasmosa. Luego, con una entidad espacio-temporal más acorde al desarrollo de los hechos. En todo momento, con un cóctel de sensaciones que se aprisionaban en el pecho y pugnaban por exteriorizarse de alguna manera.

El día que comenzó todo entré a la oficina y alcancé a escuchar las últimas promesas de amor que el Gordo susurraba por teléfono. Estaba, como siempre que se lo ve en pose de ganador, levemente reclinado hacia atrás en su silla y con las piernas sobre el escritorio.

-Ah, bueno. No parás un minuto vos. ¿No te alcanzó el fin de semana, Gordo?

-Pobre de vos, Manu. Ayer y el sábado la rompí. No sabés… Vengo muy dulce y no hay que descuidar ninguna quintita, ¿viste? Esto de ser un latin lover requiere dedicación.

-Escuchame una cosa, latin lover, si pusieras el mismo empeño para organizar un partido de fútbol, como te vengo diciendo desde hace cuatro meses, jugaríamos tres veces por semana.

-¿Sabés una cosa? La verdad que estoy tan sólido que ya mismo voy a llamar a los pibes. Así de paso corono la semana con una goleada sobre tu equipito y te dejás de joder. ¿Jugamos de seis, no?

El Gordo es un tipo querible. Cuando entré a la empresa hace cuatro años (mierda, cómo pasa el tiempo) pensé que todo me iba a costar mucho más. Me sentía perdido y no tenía ganas de nada, pero hay una cosa de la que estaba absolutamente seguro: necesitaba laburar, o al menos, hacer algo con mi vida sin depender de la de los otros. Distraerme y así dejar de quemarme la cabeza.

Después de deambular un tiempo por un par de oficinas, me dejaron en el Departamento de Gestión compartida. Entonces lo conocí al Gordo. Con el correr de las jornadas nos hicimos muy amigos. Compartimos mates, almuerzos, charlas y varias salidas. Él me ayudó a que las cosas fueran más llevaderas. Y más a partir de que decidí contarle todo. Soltero empedernido, con casi cuarenta el tipo tiene el espíritu de uno de veinte y, si bien está lejos de ser fachero, no hay un fin de semana en el que no salga con alguna mina. Tiene mucha labia y es obstinado en exceso, dos cualidades que bien distribuidas confluyen para que el hombre triunfe bastante seguido.

El día del partido junté seis de pedo. Al principio podían todos. Que sí, que ya te confirmo, que seguro que voy porque hace una banda que no pateo, que dale así después comemos algo, y así. Pero a medida que pasaron los días, ya sea por compromisos de índole familiar o laboral, se fueron cayendo varios soldados y tuvimos que completar a último momento con el hermano de Matías.

Debo confesar que en la previa siempre hago lo mismo. Mientras todos se ponen a pelotear antes de jugar (un promedio de tres de doce son los que realmente entran en calor), yo troto lentamente por el perímetro de nuestra parte de la cancha y observo atentamente a los rivales. Es que en ese instante, con sólo mirar la técnica de la pegada, la postura, la forma en que traslada la pelota, uno ya tiene cierta idea de cómo juega cada uno. En fin, en el otro equipo eran todos diestros y en un primer análisis, lo más notable fue que uno de ellos tenía botines blancos. Y según mi teoría, el calzado de ese color obliga. Es decir, no da que seas un defensor rústico y portes ese toque distintivo. Si los usás es porque tenés una habilidad por encima de la media. Así que salvo ese pequeño detalle, nada me llamó la atención en el peloteo. O casi. Porque a poco de empezar, escuché al Gordo decirle a sus compañeros: “Yo juego por ésta, eh”, señalando la franja derecha del campo de juego. ¡Qué hijo de puta este Gordo! Cancha de papi y pretende jugar recostado sobre la banda. Yo los miré a sus compañeros para ver cómo reaccionaban, pero al parecer ya estaban habituados o no le llevaron el apunte porque uno de ellos le respondió a la distancia con el pulgar levantado.

Cuando me dirigí al medio a sacar, el Gordo se me acercó y con una sonrisa socarrona me lanzó: “¿Por el honor, Manu? ¿O le agregamos las birras?” Yo respondí afirmativamente con un guiño, estrechamos la diestra y el Gordo se apuró a vociferar y hacer pública la apuesta.

Una vez comenzado el partido, no tuvieron que pasar más de cinco minutos para darnos cuenta de que si bien nos conocemos de memoria, la falta de ritmo causada por nuestra prolongada inactividad se hacía sentir más de lo imaginado. No dábamos tres pases seguidos y las imprecisiones transformaban todas nuestras pretensiones ofensivas en contragolpes rivales. En la primera que me encararon mano a mano, por la derecha de nuestra defensa, el pibe de los botines blancos hamacó el cuerpo hacia adentro, enganchó para afuera y quedó perfilado para pegarle de zurda, casi sin ángulo. Lo medí creyendo que se frenaría para acomodarse y darle con su pierna más hábil, pero así como venía metió un fierrazo que se clavó en el ángulo izquierdo de Matías. Por la manera en que le pegó, por el gesto técnico, hubiera jurado que la izquierda era su pierna fuerte.

Cuatro minutos después mi hipótesis se confirmó: el pibe éste pasó entre dos, lo gambeteó a Coco y lo desparramó a Matías antes de picársela suave, todo con la zurda. No sólo me había engañado en el peloteo, en el que sólo pateó con la derecha, sino que este muchacho -Seba, conforme a cómo lo llamaron sus compañeros en las felicitaciones por su golazo- era más que bueno.

Recién cuando nos despertamos y nos metimos en partido empezamos a remontar la desventaja que para ese entonces ya era de cinco goles. En cuanto a la distribución del balón seguíamos en deuda, pero al menos las corríamos todas y presionábamos más cerca del arco de ellos. En eso fuimos ajustando los relevos, procuramos ocupar mejor los espacios y buscamos ser más ofensivos. Así redujimos la ventaja a dos. Los tenemos, pensé en ese momento. Pero apenas si alcanzamos a saborear el dulce de la recuperación. Porque después de que el palo los salvara en un mano a mano del Gallego, en un suspiro este Seba nos embocó dos más: uno de zurda y otro de derecha, de media distancia, como para demostrar las bondades que genera la práctica de pegarle con la de palo.

Dispuestos a no desmoronarnos anímicamente, seguimos enfocados en la valla rival. Y por suerte para nosotros, la reacción llegó enseguida. Coco me puso un pase bárbaro y yo definí cruzado ante la salida del arquero. Dos jugadas más tarde, el Gordo se equivocó cuando quiso salir jugando y Leo no perdonó. Otra vez estábamos al acecho.

A esta altura, debo confesar que lo de Seba y yo se había tornado una especie de duelo personal que iba más allá del partido. Nos buscábamos permanentemente y siempre uno tendía a encarar por el lado que surgía el otro. Modestamente, debo comentar también que dentro de un equipo combativo como el nuestro, que se caracteriza por meter y no se destaca por sus ambiciones estéticas, yo vengo a ser un poco la oveja negra. Soy quien menos compromiso con la marca tiene y sobre quien más responsabilidad recae a la hora de hacer jugar al resto. Ese día, además, venía bien y estaba afilado.

En uno de nuestros avances, meto un pique de espaldas al arco contrario y de frente a mis compañeros para recibir la descarga cuando noto que Seba me sigue de cerca. Decidido a dejarlo pagando y sin dejar de avanzar, adelanto la pierna izquierda -sí, yo también soy zurdo- para tomar contacto con la pelota y entonces en lugar de pararla la dejo pasar por debajo de la suela para luego girar a toda velocidad y ganarle la espalda. No pude evitar una mueca de alegría cuando lo escuché seguir de largo a toda marcha. Cuando me percaté de que no se había podido frenar. Cuando supe que había pasado como colectivo lleno. Cuando comprobé que yo a ésa la hacía siempre y nunca fallaba. Qué iluso… yo. El rostro se me desdibujó por completo cuando vi que delante mío no tenía la pelota, sino a los dos defensores con la mirada clavada más allá de la mitad de la cancha contemplando cómo Seba gambeteaba al Gallego y se la ponía a Matías contra el palo. Retrocedí con la mente unos segundos para calcular y luego verificar que efectivamente había pasado lo que pasó: que no lo escuché clavarse porque me robó la bocha inmediatamente después de que la dejé pasar. En una décima de segundo. Con total naturalidad. Nadie lo notó, pero yo quedé atónito. No por el hecho de que la jugada no haya prosperado, sino porque no hubo tiempo para que lo lograra. Fue como si él estuviese adentro de mi cabeza. Como si supiera lo que yo iba a hacer. Cuando Coco me pasó por al lado para sacar del medio me espetó con media sonrisa clavada y más resignación que reproche: “¿Puede fallar, no?”

Si bien seguía pensando en esa jugada, por suerte no me nublé y seguí enchufado. Con sacrificio, algo de juego y un poco de fortuna, descontamos primero a dos goles y luego a uno. Por segunda vez sentí que los teníamos. Pero así como yo palpitaba merecidas levantadas, Seba se empecinaba en conducirme al desencanto con sus bofetadas de talento. En una la agarró de volea a la salida de un córner y la colgó en un ángulo. Por el sonido del impacto, se notó que la enganchó de lleno con el empeine, así como a uno más le gusta.

Entonces fue que comenzó todo. En la siguiente posesión de ellos, me fui al humo hasta donde estaba Seba para tratar de anticipar un pase de su arquero pero no llegué por poco. Sin darle recorrido, le salieron al cruce Leo y el hermano de Matías. Lo arrinconaron contra el lateral, lo presionaron y, ya hartos de que les pintara la cara toda la noche, le dieron alguna que otra patadita. Seba no decía ni “mu”. Protegía la pelota con su cuerpo y la amasaba en espacio reducido. Cuando zafar de ese asedio parecía una empresa poco menos que imposible, el pibe amagó un par de veces, engañó con la cintura y tras pasarla de pie a pie un par de veces, salió airoso tras ensayar un taco que le pasó entre las piernas a un horrorizado Leo. Espléndido. El Gallego se olvidó de las marcas, de esperar bien plantado y no le importó que no pudiera barrerse en esa cancha. Lo único que pretendía era cortar la jugada, así que fue al piso con la vista fija en la pelota. Cuando el contacto era inminente, Seba la corrió apenas con la zurda con una pisada y tiró una bicicleta que formó una parábola al menos un metro por encima de la humanidad de mi amigo. El envión del Gallego era tal que casi se lo lleva a puesto al hermano de Matías, que miraba embobado el desarrollo de la jugada. A esa altura, yo ya tenía más ganas de que fuese gol para poder aplaudir que de que Matías impidiera ese homenaje al fútbol. Por primera vez en la noche, Seba no conspiró contra un anhelo mío. Porque cuando el arquero lo esperó agazapado, el pibe, frontal a la pelota, amagó a pegarle de lleno para luego dejarla ir hacia adelante con una pisada sutil que se le coló de caño a Matías y entró pidiendo permiso. Sublime.

Me acuerdo que yo me dirigía a felicitarlo -porque otra cosa no podía hacer- cuando su reacción me detuvo por completo. Apenas convirtió, se dio media vuelta, bajó la vista y volvió caminando despacito, rascándose la oreja derecha con el antebrazo derecho y mordiéndose el labio inferior. Decía que me detuve. Fue porque se me aflojaron las piernas. Una electricidad me recorrió el cuerpo desde abajo hasta la parte posterior de mi cabeza y como resultado hice un movimiento abrupto como de negación y pestañé fuerte. De repente sentí frío y palpité una ventisca aireando mi mojada camiseta, pegada al cuerpo producto de un sudor caliente. Juro que intento graficarlo de la mejor manera, pienso las palabras y hasta busco infructuosas comparaciones que me ayuden a transmitir lo que viví, pero jamás había experimentado una sensación que se asemeje. Primero traté de negarlo, pero ya no podía razonar nada. Simplemente no podía ser. Las imágenes se me abalanzaban en la memoria. Las voces me pinchaban el cerebro. No podía ser. Mi cabeza veía y escuchaba todo de manera distorsionada. Sentía mareos. Que no podía mantenerme de pie. No podía ser. No podía ser que haya visto lo que vi. Que él se haya rascado la oreja con el antebrazo y se haya mordido el labio exactamente como yo hago siempre que algo me da vergüenza.

Un grito de Coco me trajo de vuelta al mundo. Me la había dado al pie y yo la dejé pasar sin la más mínima reacción. Después de disculparme, seguí perplejo, preso de la incredulidad y del espanto, pero también de la esperanza. Durante los siguientes dos, cinco o diez minutos -no puedo precisar el tiempo transcurrido- fui una sombra en la cancha. Supongo que me habrán puteado de arriba abajo, pero no escuché nada.

Salí apenas del estado de trance cuando poco después oí un quejido y ví a Seba en el suelo, a unos metros mío, tomándose el aductor izquierdo con gestos de dolor en su rostro. Me apresuré a llegar a su lado, más por la necesidad de comprobarlo que por asistirlo. “Calambre”, alcanzaste a decirme. Apoyaste la espalda en el suelo, tomé tu pierna y comencé a levantarla estirada. Entonces la vi. Estaba donde había dicho la abuela, justo debajo de la cola, donde comienza el aductor. Tenía forma de medialuna. La mancha era más grande de lo que siempre imaginé. Me quedé mirándola fijo hasta que tu voz me interrumpió. Me estabas diciendo que ya estaba pasando, que gracias. En ese momento busqué inmediatamente que se crucen nuestras miradas y de nuevo me aflojé. Se me estreñían las tripas. Empecé a temblar. Casi se me vino el mundo encima cuando en tus ojos color miel la vi a mamá en las fotos que tantas veces me mostró tía Mirta.

Cuando te ayudé a levantarte y por primera vez en mi vida estreché y sentí tu mano, simplemente fue demasiado. Quise abrazarte y abalanzarme sobre vos como nunca antes quise hacerlo con otra persona, pero tomé todo el aire que pude con la respiración entrecortada y sólo atiné a decir que ya volvía antes de salir corriendo en dirección a los baños.

Eché un vistazo y por suerte no había nadie en el vestuario. Tenía las pupilas colmadas. Me largué a llorar. Fueron lágrimas postergadas. Lloré en silencio primero. Lloré a los gritos después. Lloré de bronca. De emoción. De odio. De alegría. De miedo. De esperanza. Lloré por la vieja y el viejo, que supe que siempre me guiaron desde arriba. Lloré por tía Mirta y por la abuela, que tanto me ayudaron en esta búsqueda. Lloré por Seba, que en realidad se llama Pablo. Lloré porque uno es en la medida en que se encuentra con el otro. Lloré por esos hijos de mil puta que me arrancaron lo más preciado de mi vida. Lloré porque al fin y al cabo les gané.

Cuando después de unos minutos retorné a la cancha, los pibes seguían jugando. Vos estabas afuera, por lo que eran cinco contra cinco. Cuando me viste llegar, me hiciste señas desde el otro costado y volvimos al partido. “¿Se puede saber dónde carajo estabas?”, me dijo Coco, a lo que argüí una repentina descompostura. Desde entonces hasta el preciso momento en que sonó el timbre que marcó el fin, no dejé de mirarte un instante. Yo era poco menos que un fantasma adentro de la cancha y prácticamente no la tocaba, por lo que fui testigo privilegiado del paseo que nos pegaste para liquidar el juego.

Apenas terminó el partido, pude esbozar algo parecido a una sonrisa por primera vez desde el descubrimiento. Quizás porque sabía que me esperaba la cerveza más rica de la historia. Camino a los vestuarios, el Gallego me cuestionó levemente: “Veníamos bien, boludo, ¿qué pasó que te pinchaste?” Lo único que hice fue mirarlo.

-Y qué querés -tuve ganas de decirle-. Si mi hermano la rompió.

Por Carlos Arasaki

En Twitter: @carasaki10

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