El legado de Chapecoense

El 28 de noviembre de 2016 será recordado como uno de los días más trágicos en la historia del fútbol. El accidente fatal del vuelo CP 2933 de Lamia causó la muerte de 71 personas, contando jugadores, cuerpo técnico y dirigentes de Chapecoense, periodistas y tripulantes de vuelo.

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A pesar de que se lo puede relacionar a los siniestros aéreos de los planteles de Torino, Manchester United o Alianza Lima -por citar algunos casos-, el más reciente se sucede en una era en que la inmediatez de lo digital se lleva por delante cualquier noticia. Apenas dos horas después de la caída del avión ya se hablaba en las redes sociales sobre las fallas eléctricas, el combustible, los sobrevivientes y hasta algún desubicado se preguntaba qué pasaría con la Final. Porque claro, el equipo brasileño había partido desde Bolivia en busca de un título internacional.

Quizás por esa inmediatez de la era digital, el 29 de noviembre -menos de 12 horas después del accidente- puede ser recordado como un día en que la solidaridad brotó en el mundo. Con Atlético Nacional a la cabeza, clubes de todos los países tuvieron algún que otro gesto para homenajear o ayudar al humilde conjunto del estado de Santa Catarina. Justamente los colombianos pidieron a Conmebol que se declare a Chapecoense campeón de la Copa Sudamericana, además de que el premio monetario sea destinado a las familias de las víctimas. En paralelo, todos los equipos del Brasileirao reclamaron a la federación de su país que el Chape no descienda por tres temporadas y que puedan cederle jugadores sin cargo hasta que el club se recupere. Los lutos, escudos negros y hashtag coparon las redes sociales: #ForzaChape fue el máximo grito en Twitter.

Con el correr de la semana, el ambiente denso y melancólico llegaría, indefectiblemente, a las canchas. En Brasil se decidió postergar la última fecha, pero en el resto del mundo el fútbol siguió. Y allí llegaron más homenajes: los brazaletes negros, los globos verdes, las banderas, las camisetas de Chapecoense. Y el minuto de silencio… en cada rincón del mundo hubo un minuto de silencio acatado cual si de un familiar propio se tratase. Los estadios enmudecidos, la gente en sus casas mirando los partidos y acoplándose al respeto. De la manera más trágica posible, este equipo logró lo impensado: unir al mundo del fútbol.

El próximo fin de semana se jugará en Argentina el tan esperado River-Boca. Un clásico que, raramente, también existe en Brasil. En el estado de Sergipe, casi 2500 km al noreste de Chapecó, Gilson Behar fundó “Boca Júnior” (sin “s” por cuestiones de derecho) por su amor a Diego Maradona. Años más tarde, un amigo le contó que compró un club y que necesitaba cambiarle el nombre. Él no dudó y le sugirió que lo bautice como “River Plate”… De esa manera, la balanza estaba equilibrada y nació el derby en Sergipe, tal como lo cuenta el documental “El Otro Superclásico”.

Si bien esta historia no tiene nada que ver con la tragedia de Chapecoense, se puede rescatar una reflexión de ambas para que el 11 de diciembre podamos vivir un clásico en paz: debemos captar el espíritu barrial y amateur del Boca-River, River-Boca de Sergipe y recordar que no siempre la rivalidad fue enemistad. Que sea el partido más importante para ambos equipos no significa que deba transformarse en una guerra, tanto dentro como fuera de la cancha.  Y por otro lado, debemos adoptar el respeto y la solidaridad que se respiró en los estadios del mundo y darles una continuidad en el tiempo. De nada habrá servido abrazarnos para llorar el deceso de 71 personas durante una semana si a la siguiente estamos cantando “que se mueran los putos de Boca/River”. Las tragedias siempre van a estar a la orden del día en busca del alterar el curso natural de las cosas. Depende de nosotros tomar algo bueno de ellas para que no sea un llanto en vano.

Foto: Conmebol.com

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Gerónimo Galeano

Periodista. Fotógrafo, camarógrafo y editor. Otra óptica para las historias. 1/3 de Golero. ggaleano@golero.com.ar

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