La muerte antes que la fiesta

Hugo Cardozo sobrevivió para contarla. A casi tres meses del Mundial de Argentina ’78, agentes penitenciarios y de otras fuerzas provocaron la llamada “Masacre del Pabellón Séptimo” en el Penal de Devoto, en Buenos Aires, donde murieron al menos 64 personas. El fútbol vivido en el encierro y las luces de un estadio que, al menos por un rato, iluminaban la imaginación y libertad. La historia completa, en Revista Golero.

“En cada partido que se jugaba de noche en Vélez veíamos desde el Pabellón Séptimo, colgados de las ventanas, el resplandor de las luces del estadio. Palpitábamos todo como si estuviéramos ahí. En ese momento nos olvidábamos del encierro. La pasión superaba hasta el encierro”.

La versión oficial promovida por la última dictadura militar argentina (1976-1983) lo llamó el “Motín de los colchones”. Por años se dijo que aquel 14 de marzo de 1978, en el Penal de Villa Devoto, un barrio de Buenos Aires, al menos 64 personas allí detenidas murieron asfixiadas, quemadas, aplastadas por un incendio que provocaron algunas de ellas.

El tiempo pasó y las dudas se hicieron papel en 1987 cuando Daniel Barberis, preso en aquel momento, escribió el primer testimonio directo y habló de “masacre” en el libro “Los derechos humanos en el otro país”.

Claudia Cesaroni, abogada, criminóloga e integrante de Centro de Estudios en Política Criminal y Derechos Humanos (CEPOC), leyó a Barberis y decidió retomar el trabajo. Recordaba perfectamente el “Motín de los Colchones”, considerado aún como el más trágico ocurrido en una cárcel del país, ese ámbito en el cual cada día, cada hora, inclusive hoy, se vulneran los derechos humanos de los detenidos.

Ella lo había visto en las tapas de los diarios, tenía en la memoria las caras de los familiares desencajadas por el dolor, parados en la puerta de la prisión, mirando hacia dentro, sin saber o sabiendo, lo que es peor, el destino de los suyos.

En ese recorrido por investigar más Cesaroni conoció a Hugo Ricardo Cardozo, que a los 19 años logró sobrevivir a las llamas en Devoto.

“El 7 de enero de 1977 –relata Cardozo- fui detenido en la localidad de Villa Caraza acusado de un robo. Luego de unas cuantas y largas sesiones de tortura en las cuales la vedette era la picana eléctrica, decidieron blanquear mi situación y quedé a disposición de un juzgado de Lomas de Zamora. De allí me llevaron a la cárcel de Olmos y, más o menos en septiembre, al Pabellón Séptimo de Devoto. Ahí estuve hasta 1982”.

De chico, “como todo pibe criado en una villa”, Cardozo se prendía en miles de partidos de fútbol en los potreros de la zona. “Los campeonatos barriales te sacaban un poco de la miseria. Por mi velocidad, quizá porque siempre fui delgado, jugaba de lateral derecho. Todavía hoy sigo en ese puesto, aunque ya no soy tan ligero”.

Simpatizante de San Lorenzo, admirador del “Lobo” Rodolfo José Fischer, “el mejor delantero” de los que haya visto en el club del barrio de Boedo, Cardozo alternaba las visitas de domingo al Viejo Gasómetro con los sábados dedicados a Victoriano Arenas, su otro equipo de corazón. “Normalmente iba solo a la cancha. En realidad, desde chico siempre caminé solo”.

El 25 de marzo de 2012, Cardozo y Cesaroni recorrieron juntos los Tribunales para pedir a la Justicia que retomara la investigación del motín, expedientes que desde 1986 habían sido dejados a oscuras en un rincón del edificio. Como parte del reclamo, exigieron que el hecho fuera considerado un delito de lesa humanidad cometido por la dictadura.

La presentación legal consideró “responsables” de la muerte de al menos 64 personas al entonces coronel Jorge Antonio Dotti, a cargo del Servicio Penitenciario Federal; al ex director de la Unidad 2 de Devoto, prefecto Juan Carlos Ruiz; y al jefe de Seguridad Interna del penal, alcaide mayor Horacio Galíndez, a quienes se acusó de ser los posibles “autores, instigadores, cómplices y/o encubridores de los presuntos delitos de tortura seguida de muerte, homicidio agravado, encubrimiento agravado e incumplimiento de los deberes de funcionario público”.

El 15 de agosto de 2014 la Sala I de la Cámara de Apelaciones Federal declaró a la “Masacre del Pabellón Séptimo” delito de lesa humanidad.

“Uno de los tesoros más grandes que tenía en Devoto era la radio; ‘la cantora’, como le llamamos los encerrados. La mía era una Noblex Carina, hasta tenía nombre de mujer. Los domingos, durante las dos horas que duraban los partidos, dejabas de sentirte preso. Después hacíamos una ronda de mate y empezábamos el infaltable debate de algo que no habíamos visto. El fanatismo, el amor por tu camiseta, no se pierde en la cárcel, al contrario”, rememora Cardozo.

–¿De qué modo vivieron la etapa previa el Mundial de 1978?

Nosotros supimos que no participaríamos de ninguna fiesta fuera el que fuera campeón. El clima dentro de la cárcel estaba raro. Yo creo que tenían tomada la decisión de matarnos desde antes porque el maltrato recrudeció y se mantuvo cada día. Los golpes, castigos y palizas brutales eran moneda corriente. Querían darle un ejemplo a todos los que tenían reclamos para hacer cuando empezara el Mundial, aprovechando todas las delegaciones extranjeras que estaban en el país. Y nos tocó a nosotros, a los que estábamos en el Pabellón Séptimo. Vinieron una mañana a darnos palos en medio de una requisa. Empezó el fuego y nos dispararon desde adentro y afuera, donde había dos helicópteros. Una vez que terminó todo, los que quedamos heridos fuimos obligados a salir y nos siguieron golpeando sobre las quemaduras y las llagas.

Cardozo sobrevivió pero sufrió graves heridas y quemaduras en distintas partes del cuerpo. Estuvo internado varias semanas y una vez recuperado fue llevado otra vez a Devoto. “Se construyó la historia de un motín que nunca existió y se masacró a decenas de personas. Todo se hizo en el contexto de las políticas de represión y exterminio de la dictadura sobre determinadas poblaciones, en este caso, la del penal”, asegura Cesaroni, autora de “Masacre en el Pabellón Séptimo”. En su investigación, Cesaroni sostiene, al igual que Cardozo, que la decisión de reprimir a los detenidos en aquella prisión tuvo el único objetivo de que los presos por razones políticas que se encontraban alojados en pabellones vecinos “percibieran la masacre como una amenaza de lo que les podía pasar” si promovían acciones de protesta durante el Mundial.

“No existe - asegura Cardozo - una sola noche que no recuerde, escuche y sienta todo lo sucedido aquel día. Por mi trabajo como chofer de colectivos paso seguido por la cancha de Vélez, y en ese momento vuelvo a sentir, como a lo lejos, los gritos pidiendo ayuda de mis compañeros que morían por el fuego, golpeados o baleados. Y a sentir el olor a carne quemada. Por eso busco justicia”.

En 2004, el músico Indio Solari editó su primer disco solista, al que llamó “El tesoro de los inocentes (Bingo Fuel)”. Entre las canciones figura “Pabellón Séptimo”, escrita en homenaje a Luis María Canosa, amigo del cantante de Los Redondos y uno de los muertos en Devoto.

Por Gabriel Tuñez

Periodista.

En Twitter: @gabtunez

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